Por: Juan Carlos G Cantón 

Es triste que desde tiempos ancestrales, la humanidad se rige por valores representativos ajenos a la emoción y propios de una herencia material, partiendo desde el juicio que lleva como frase "por lo que tienes, te miden".

El Chelsea lo entendió. Hace 8 años, lo logró entender. Un 19 de mayo de 2012, con la fortuna y el destino en contra, lo entendió.

Lo había hecho todo para pertenecer a una élite que conocía de lejos, pero que se negaban a darle la bienvenida. A una cuna de la cual no tuvo la dicha de nacer y sin embargo, trató de forzar la entrada con lo que siempre aprendió de los que integraban dicha cúpula: dinero.

Lo supo bien Roman Abramovich. El dinero no compra la felicidad y sin embargo, la inversión de millones que durante años hizo, no fue mas que por el capricho de ajustar una llave que le abriera la puerta de la credibilidad para ser parte del abolengo del futbol europeo. Una Champions League. Un destello de éxito. Un foco de atención. Un aplauso masivo, que cierto, te reconocen y respetan, pero no te compran el cielo.

Por eso el Chelsea marcó primero su nombre en la isla antes de hacerlo por Europa y el mundo, consciente que la brújula que le diera el trofeo continental se hallaba compuesta por una dosis de hazaña y sorpresa. Por eso, pactó con el destino para que así fuera. 

Abramovich entonces dejó de invertir bestiales cantidades de euros y enfocó sus fuerzas de cuentas bancarias al terreno de juego, y entendieron que el juego se conquista con química, pasión, impulso y claro, suerte.

Esa noche, Chelsea lo tuvo todo en contra. Bayern Munich venía de echar al Madrid en penales aunque los Blues habían hecho lo propio ante el Barcelona. Pero la final, era en territorio alemán; suelo que no se conquistaba con tal aplomo desde la Segunda Guerra Mundial pasando por los italianos en 2006, pero no en una final. 

La confianza el mundo iba con cautela desde la tormenta del banquillo con múltiples cambios que llevaron al inexperto Roberto Di Matteo al timón y de quien no se esperaba nada. El Allianz Arena hambriento, la prensa sedienta de escribir el guión perfecto a favor de los bávaros y el sueño de hadas de la propia institución germana de levantar la máxima aspiración europea frente a su público. Gritar el triunfo de una guerra que no habían podido hacer nunca bajo ninguna circunstancia. 

Chelsea era la ofrenda ideal para el sacrificio. Di Matteo, universos atrás de la experiencia de Heynckes con un Bayern más alemán que nunca, lleno de panzers como Neuer, Lahm, Muller, Kroos, Bastian y dos portaviones extranjeros como Robben y Ribery. Imposible.

Pero a Drogba solo le faltaba coronar ese escenario tras haber marcado 6 goles en fase de grupos, octavos, semifinales y anotar en la final, sería la cereza más dulce el propio pastel. Del otro lado de la cancha, el arquero checo Petr Cech, que durante la primera mitad tuvo intervenciones clave. En el tiempo extra, penal atajado a Robben. Y en la tanda decisiva, nadie lo engañó, penal atajado a Olic y el poste de Bastian. Pero aún así, poco fue el significado del gol de Didier que ahogó el unísono canto de campeón, la fina escultrura de las letras en La Orejona, provocando esa extraña sensación de desastre previa a la explosión.

Fue al minuto 88'. Minutos antes de que Muller aclarara el camino para su equipo. Dicen que los penales es una moneda al aire, pero hay quien asegura cómo será el final de una tanda, mucho antes de siquiera lanzar el primero. Todo está en la mirada de un equipo y otro. La del Chelsea tenía luz, la del Bayern, estaba apagada. Los tiempos extra fueron mero trámite para que Cech, tomara el relevo de Drogba y levantaran su primera Champions. 

Así, una generación dorada que complementaba Cole, Terry, Lampard y compañía recibían la recompensa de la fatídica noche en Stamford Bridge cuando fueron eliminados polémicamente a manos del Barcelona. Un equipo que jamás quitó el dedo del renglón y que se convencieron estar destinados a no dejar morir un estandarte que había levantado por primera vez  Mourinho pasando la estafeta a Scolari, Hiddink o Ancelotti y que ninguno, logró complacer el interminable sueño del magnate ruso. Hasta que llegó accidentalmente el inexperto Di Matteo que supo jugar con lo comprado y no enfocarse en lo que había qué comprar. Chelsea por fin pudo olvidar la noche de Moscú en 2008, la de su estadio un año después y conseguir abrir entonces esa puerta de la élite del futbol que lo aceptó no por ganar una Champions, sino por demostrar que en el futbol, las hazañas, los imposibles, las cicatrices y las resilencias, valen más que una Copa. 

 

 

 

 

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